Envidia

La envidia es uno de los sentimientos más incómodos y negados de toda la batería de emociones que habitualmente sentimos los seres humanos. Son muchas las emociones negativas que nos afectan, pero la envidia es una de las que más nos avergüenzan.

La tristeza del envidioso no está provocada por una pérdida, como suele ocurrir en otros tipos de tristeza, sino por el fracaso de no haber conseguido algo. En ocasiones, la persona reconoce la injusticia de sus sentimientos, le gustaría poder evitarlos, y eso le lleva a hacer manifestaciones continuas de afecto para compensar lo que considera una falta moral. En otros casos, el envidioso rebaja sistemáticamente los méritos del otro, para poder así enmascarar su envidia, interpretándola como una justa protesta ante un premio inmerecido por su oponente.

Los moralistas cristianos elaboraron profundos análisis sobre los sentimientos, y concluyeron que la envidia era hija de la soberbia. Esto resulta extraño, porque ya hemos dicho que deriva de un sentimiento de fracaso o deficiencia. Pero ambas cosas, en realidad, no están reñidas, el soberbio es el que “tiene un deseo desordenado de ser a otro preferido”, tiene que ver más con la vanidad que con el orgullo y el envidioso siente que otra persona es preferida por la suerte o el éxito, y eso es o que le resulta difícil de soportar. En el fondo de la envidia hay una necesidad imperiosa de ser el elegido.

En el Génesis de la Biblia nos encontramos con la parábola de Caín y Abel, donde por envidia un hermano mata al otro. El haber escogido la figura del hermano no es causal, ya que la envidia siempre va dirigida a personas cercanas y parejas, y esta puede ser una de las razones por la que es tan frecuentemente negada por aquel que la padece.

Es curioso observar que este sentimiento es independiente de la magnitud de las desigualdades existentes, como lo sabía ya el filósofo y sociólogo Mandeville cuando escribió su Fábula de las abejas (1714): “El que se ve obligado a caminar a pie, odia y envidia al gran hombre que pasa a su lado en una carroza de seis caballos mucho menos que el otro que también tiene carroza, pero sólo de cuatro caballos”. Es básicamente un fenómeno de proximidad social y por eso de ordinario solo se tiene envidia de aquellos con los que uno puede compararse en un terreno realista.

La envidia no consiste sólo en desear lo que otro tiene, en estar triste por carecer de ello, sino que es un movimiento contra esa persona en concreto. No se envidia lo que el envidiado posee, sino la imagen que proyecta como poseedor de ese bien. El deseo se dirige al objeto; la envidia, al poseedor. El envidioso prefiere que el bien se destruya, antes de que lo posea el otro, como se ejemplifica muy bien en la historia de las dos mujeres que se presentaron ante el rey Salomón afirmando ser madre del mismo niño, una de ellas estaba dispuesta a que lo partieran en dos, con tal de que no se lo llevara su rival.

Dante Alighieri en el poema de El purgatorio (1314) define la envidia como “amor por los propios bienes pervertido al deseo de privar a otros de los suyos”. El castigo para los envidiosos es el de cerrar sus ojos y coserlos, porque habían recibido placer al ver a otros caer. Observamos como la envidia está relacionada con el verbo “ver”, es ver en el otro lo que uno desea y no ha podido lograr, y sentir dolor por ello.

La envidia es un tema recurrente en muchos cuentos infantiles, tales como La Cenicienta, El patito feo, Blancanieves… en el desenlace de este último, vemos como la envidia termina destruyendo a quien la siente. Algo a lo que alude el lenguaje común con expresiones tales como: “¡Está muerto de envidia!” Nos remite a alguien (el envidioso) muriendo a causa de una pasión que, a fuerza de querer destruir o dañar a otro, retorna autodestructiva. La sentencia recuerda que el sufrimiento causado por la envidia conlleva algo mortífero.

Borges dice “ la envidia es la gran adversaria de los afortunados”. El envidioso cree que la Diosa fortuna ha beneficiado a otro; precisamente porque no depende de él, sino de la suerte, el envidioso está convencido que no puede hacer nada para obtener lo que al otro le fue dado. De ahí que su única salida sea destruir todo aquello que le recuerda o destaca su falta.

Esa tristeza ante el bien ajeno, ese no poder soportar que al otro le vaya bien, ambicionar sus goces y posesiones, es también desear que el otro no disfrute de lo que tiene. Por eso mismo es tan temida por la gente, existiendo amuletos (ojo), prendas (cintas rojas), o plantas (ruda) para detenerla. Se cree que el poder del envidioso puede destruirnos como le sucedió a Abel, o hacernos perder lo logrado como el caso de la madrastra de Blancanieves.

Se ha dicho muchas veces que la envidia constituye el vicio más característico de nuestro país: “la íntima gangrena del alma española”, escribió Unamuno (1917) Así mismo, a comienzos del siglo XVI, nos encontramos con Fray Antonio De Guevara pronunciándose de esta manera: “si hay algún hombre que sea bueno, es envidiado, y si es malo es envidioso. Así que con el vicio nacional de la envidia, o la perseguimos o somos por ella perseguidos

Es frecuente hacer referencias a que la escasez está relacionada con la envidia. Cuando hay pocos bienes a repartir, se codiciarán los de aquellos afortunados que los posean. Pero esta relación no es tan simple ni tan directa. Como se ha dicho, la envidia tiene mucho más que ver con la percepción interna de inferioridad, que con la escasez objetiva. En efecto, hay personas y pueblos que viven miserablemente mostrando pocos signos de envidia.

De esto se deduce que, si es verdad que los españoles somos envidiosos, y es cierto que a todos nos resulta familiar, es porque existe un sentimiento generalizado de inferioridad o, más específicamente, una discrepancia significativa entre los ideales y la percepción de la propia valía, en una gran mayoría de la población.

Carola Higueras Esteban

Psicóloga psicoterapeuta